La mayoría de las pymes no fracasa por falta de ideas, sino por exceso. Un nuevo producto, otra ciudad, un canal en línea y un cliente grande que pide algo a medida, todo al mismo tiempo y con el mismo equipo.
Cada iniciativa parece razonable por separado. Juntas diluyen la atención del dueño, que es el recurso más escaso de la empresa. La pregunta útil no es “¿qué más podemos hacer?”, sino “¿qué dejaríamos de hacer si solo pudiéramos elegir dos cosas este año?”.
Esa lista corta, con metas medibles y un responsable, suele valer más que cualquier plan de cincuenta páginas.